"Fuera de lugar", de Lucía Bencomo y Adrián L. Mclean



El paisaje no es el territorio, ni siquiera la naturaleza. Esta afirmación elemental debería ser clara a estas alturas. El paisaje es la mirada estética sobre el territorio. No depende tanto de lo que se ve sino de cómo se ve. La propia espesura de la mirada 1, el acto de mirar, dirigida sobre el paisaje, la imagen del territorio, yuxtapone tantas metáforas y alegorías como el espectador quiera y pueda atribuirle. Entonces, el paisaje no estaría subordinado a la tierra sino al ojo y a una cualidad mental. “Si la naturaleza está en todas partes -dice R. Debray- el paisaje sólo puede nacer en el ojo del habitante de la ciudad que lo mira de lejos porque no tiene que trabajar ahí cada día." 2

Los paisajes de Lucía Bencomo y Adrián Mclean, realizados durante su año de estancia en una gran urbe como Barcelona, son paisajes para el ciudadano. Las imágenes que re-producen no son imágenes de la naturaleza ni de un estado del alma como los paisajes sublimes del romanticismo, sino una cualidad mental, un estado de reposo, una pausa para el ajetreo constante del ciudadano. Más cercano a lirismo zen, su quietud y serenidad, que a la tradición paisajista europea.

Las imágenes escogidas por esta pareja de artistas, mar y nubes, transportan nuestro cuerpo a un estado de suspensión. Ante estos panoramas parece que lo mejor que se puede hacer es flotar, en el cielo o sobre el agua, dejarse llevar. Nos trasladamos del espacio concreto de la ciudad a un alugar, atopía del ser y el estar. El alugar, como cuando se dice que algo es atemporal, es lo fuera del lugar, un espacio indeterminado. Es el sitio de las imágenes, entre el espacio material que ocupa el medio por el cual se nos aparece y su origen, a menudo misterioso. Alugares son también el cielo y el mar, carentes de accidentes orográficos con los que orientarse, donde la noción de arriba y abajo, derecha e izquierda, se diluye en el medio. Son a-lugares para perderse.

Salidos del lugar, alejados de la tierra, envueltos en la zona intermedia entre el territorio y la imagen que es el paisaje, quedamos relegados a observar. Un momento en el cual descansar del paradigma de acción al que la vida cotidiana nos empuja, un ritmo acelerado y continuo en que constantemente hay que tomar decisiones y actuar, sin demasiado espacio para la reflexión y el planteamiento de objetivos. Así, en los paisajes de Bencomo y Mclean podemos desarrollar el “derecho a la vagancia”, aquietar la mente, estar presentes, ser y estar en el momento. Un estado intermedio como el que se encuentra entre el sueño y la vigilia, el momento que Duchamp llamaba infraleve, aunque detenido en el tiempo a través de los paisajes de agua y nubes, en el cual se puede reflexionar y replantear los fines y los modos para alcanzarlos, volver asentar los cimientos de la cabaña que es nuestra mente, donde se cobija nuestros pensamientos, ideales, esperanzas, miedos y memoria.

Es en el montaje fílmico donde las imágenes de la presente exposición cobran sentido. Como si de fotogramas robados a una posible película se tratasen, se suceden las fotografías de mares y nubes. De esta manera los artistas re-crean un ambiente que funciona como un observatorio no tanto hacia el paisaje que se nos presenta como para los paisajes internos. El hecho de mirar, hacia fuera, es también un acto reflexivo, hacia dentro. Mirando se toman decisiones acerca del punto de vista y el enfoque, se relacionan elementos y se escruta con la mirada hasta llegar a un tipo conocimiento.

Lucía Bencomo y Adrían Mclean, plantean desde el arte la posibilidad de encontrar un (a)lugar, dentro o fuera, donde diluir la figura con el fondo, solventar la paradoja de ser y estar, existir y encontrarse. Allí donde la casa pueda flotar sobre el cielo o el mar.

1 Como comenta Regis Debray: “Mirar no es recibir, sino ordenar lo visible, organizar la experiencia.” Debray, Regis. Vida y Muerte de la imagen. Barcelona: PAIDÓS, 1994 P. 38
2 Íbidem.

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