Reseña para la exposición "A pesar de todo", de Adrián Lee Mclean.



"- Como si existiera una equivalencia entre el sexo y el asesinato.
- Sin embargo, eso es lo que afirman sabios muy eminentes."
(Conversación entre Jérôme Angust y Textor Texel)1


El Umbral.
No vamos a hablar de sexo. Ni siquiera de muerte, aunque ella nos esté observando en cada sombra y pliegue. Haremos mención, mejor, al eje. La delgada línea de separación. La indistinción que se encuentra entre el sexo y el asesinato, dentro y fuera, norma y excepción, lícito e ilícito, vida y muerte. Precisamente, la zona gris, la pequeña porción que se encuentra en tierra de nadie, el alugar. Los umbrales.

Lo Sagrado.
El umbral es el limbo sagrado, donde interceden dos planos. Son los devaneos de las olas rozando la costa, la punta de una pirámide, o de una catedral gótica, asentada en el suelo proyectándose al cielo. Es la imagen manifestándose en el medio, como el haz de luz sobre el papel fotosensible, el rasgar del grafito sobre el papel o la isla emergiendo desde las profundidades. "Hablamos en un mundo, vemos en otro" , recuerda Debray.2 Todos son manifestaciones de un límite, una colisión entre dos verdades, un umbral sagrado.

Lo Profano.
Ahora, crucemos la línea, hablemos de la profanación. El 26 de Noviembre de 1922 el arqueólogo Howard Carter y el aristócrata inglés Lord Carnarvon, acompañados de su séquito, accedieron a la cámara mortuoria del, por el entonces desconocido, faraón Tutankamón. Situada en un enclave sagrado para los egipcios, el Valle de los Reyes, la tumba albergaba numerosos tesoros, fetiches y objetos de la época destinados a acompañar al faraón en su viaje al más allá. Todos los bienes fueron repartidos entre museos y colecciones privadas. Profanados, les fue extirpado todo su sentido sagrado y convertidos en mercancía, sólo como valor de cambio. Junto a la cámara, se destapó también la leyenda de la “maldición de Tutankamón” . Veintidós muertes asociadas a la excavación hicieron correr los rumores de un maleficio. Tutankamón, el faraón maldecido, desposeído de su lugar en la tierra de los muertos y condenado a reposar el resto de la eternidad en una urna de cristal empañada por el vaho de miles de turistas. Él también quiso maldecir a quienes cometieron tal sacrilegio.

La Isla.
En 1880 el pintor suizo Arnold Böcklin pintaba la tabla “La isla de los muertos”. Ciento treinta y dos años después se nos aparecen imaginarios de islas y muertos, islas muertas y muertos como islas. El imaginario es una figura opuesta a lo real, ligada a la conciencia, y en consecuencia a la sociedad y sus imágenes del mundo, donde pervive una historia colectiva de los mitos.3 Sumidos en nuestro imaginario contemporáneo, “en la actualidad preferimos visitar los lugares de la imagen”4, antes que pagar el tributo y acompañar a Caronte. Habitamos en la imagen y nos movemos en el umbral brumoso temerosos de cruzar ningún límite. Así vagamos como faux vivans.

"-Es a su piel a quién me dirijo."
(Textor Texel.)5








1 NOTHOMB, Amélie. Cosmética del enemigo, Barcelona: Anagrama, 2007.
2 DEBRAY, Regis. Vida y Muerte de la imagen. Barcelona: PAIDÓS, 1994.
3 BELTING, Hans. Antropología de la imagen. Madrid: KATZ EDITORES, 2007
4 Íbidem.
5 NOTHOMB, Amélie. Cosmética del enemigo, Barcelona: Anagrama, 2007. 

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